ALBÉNIZ Y CERVANTES
Abordo aquí dos de los asuntos que más han ocupado y preocupado en las agendas culturales de estos días: el no-cierre del Cine Albéniz y los precios de las entradas del ‘Terral’ cervantino.
Voy a lo primero. Ha sido una nueva muestra de falta de solidez del Ayuntamiento, que unilateralmente rompió un acuerdo verbal con la empresa y, después, ante las preguntas de los medios (y al comprobar que la noticia del cerrojazo copaba sus primeras planas virtuales y no virtuales, con abundantes comentarios de la ciudadanía), se echó para atrás. Las reacciones en los foros merecen ser significadas; una de tantas, al azar: “Mucho manifestarse por Málaga Capital Cultural y a la hora de la verdad mirad lo que pasa”. El caso es que el Ayuntamiento ha expropiado el inmueble (el pasado diciembre nadie convocó una manifestación contra ello) no para hacer pisos sino para renovarlo como equipamiento cultural (aunque, claro, ya veremos si el contenido del que le dotará será más o menos pertinente; si no hubiera V.O. sería escandaloso). Otros entonan lo que yo llamo un ‘cinemaparadiso’, o sea, un discurso sobre la pérdida de identidad, el cine ‘antiguo’ como punto de encuentro humano versus las macrosalas. Una tendencia de consumo que trasciende los márgenes municipales y en la que todos tenemos responsabilidad, porque ¿dónde estaban estos cinéfilos cuando chaparon el Astoria, el Andalucía, el Echegaray, el Victoria, cines muertos en vida que no ofrecían una programación emblemática como el que ahora nos ocupa pero que también ostentaban posiciones emblemáticas en nuestro quehacer cultural?
A lo segundo. Quejas y más quejas por los precios del ciclo veraniego del Cervantes. Yo, desde luego, no pagaría 100 euros por ver y oír a Lou Reed o Diana Krall. Y parece que muchos otros tampoco. Alguien me dice: “Sale más barato ir a la Krall en Murcia, porque allí cuesta 50 euros”. Pero no son tarifas de usurero: lamentablemente si los del Cervantes quieren captar a artistas de tal caché deben poner sus tickets a esos ‘mckinleys’ (cuestión de aforo). Otra cosa es que esas ligas (con esos precios) sean las convenientes para un teatro municipal, que, de un tiempo a esta parte, sigue una política de programación súper interesante, concienciada con el posicionamiento del teatro a nivel nacional y que combina la apuesta convencional segura (Jarabe de Palo) con el funambulismo en taquilla (Animal Collective). Pero todo ejercicio de ‘prestigiación’ tiene sus riesgos.





