SINATRA, LA HAGIOGRAFÍA
Claro que hay dioses. Pero están sorbiendo las madrugadas en barras de bares a punto de cerrar, son volátiles y bipolares hasta la incomprensión ajena por los everests y los abismos de la vida… y mueren. Si el otro día me despedí para siempre de Tony Soprano, el más importante icono creado en EEUU en las últimas décadas, hoy toca recordar a un personaje tan trascendente y trascendental que supera los estrechos márgenes de la realidad (sucede también al revés: bastantes creen que Sherlock Holmes no fue un detective de papel). Hablemos de Frank Sinatra.
Como tantos, le conocí hace mucho hurgando por aburrimiento en la colección de singles de mi padre. El vinilo estaba ajadísimo, y el tiempo y la electroestática hicieron que ‘Three coins in the fountain’ sonara como si una fina lluvia, no del todo invasiva, acompañara a quienes buscan en Trevi la ilusión de la felicidad; llovía en sus corazones, sí. Restauré la pieza con el mimo de un artesano y pronto las gotas que caían del cielo desaparecieron. Estoy convencido de que no fue precisamente por mi pericia; aquel vinilo sólo necesitaba de alguien que lo apreciara para resucitar. También era cuestión de respeto: a lo largo de mi adolescencia pinché muchísimos discos de Sinatra y ninguno, jamás, se quedó pillado; las agujas de los tocadiscos saben.
Frank no compuso ni una sola melodía, sólo escribió cheques al portador, pero hizo suyas todas las palabras del mundo, las que sentimos y las que no sabemos que sentimos. “Nunca lo sabrías / pero, amigo, soy una especie de poeta / Y tengo muchas cosas que decir / Y si estoy melancólico, por favor, escúchame / Hasta que todo esté hablado”. Es mi canción favorita de Sinatra, ‘One for my baby (and one more for the road)’. Se lo cuenta Sinatra de madrugada a un barman ansioso por echar el cierre. Se lo cuenta, no se lo canta, porque Frankie dice sus canciones. Por eso para mí Frank Sinatra fue uno de los verdaderos dioses: nos habla a millones pero cada uno sintiendo que le habla sólo a él, con esa intimidad extraordinaria que convierte la comunicación en confidencia, no en confesión. Lo declaró una vez él mismo: “Básicamente, estoy con cualquier cosa que te permita sobrellevar la noche: sea la oración, los tranquilizantes o una botella de Jack Daniels”. O Frank Sinatra.
