GRACIAS POR LAS RISAS TORCIDAS, AZCONA

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Cuando me río no me gusta hacerlo a pierna suelta, carcajearme; prefiero la risa torcida, esa incómoda, que lleva a cuestionarte si realmente es risible lo que provoca el estallido. De ésas me han producido muchas los libretos de Rafael Azcona, especialmente ‘Plácido’, aquella disección de uno de los sentimientos más lamentables por hipócritas: la compasión.

Charlé con el riojano en un par de ocasiones. Mientras estrechaba su mano para una de aquellas entrevistas me sentía un tanto incómodo, habida cuenta de su proverbial alergia a los medios y los flashes. Pero no hubo nada de huraño o tímido en el escritor; más bien al contrario. Todas las preguntas que le formulaba terminaban derivando en recuentos personales, disquisiciones sobre la vida o apuntes cotidianos, benditamente más allá de la materia cinematográfica. Me contó que cuando pusieron a su nombre una calle en Logroño le dijo a los del Ayuntamiento “Me podríais haber puesto mejor un piso”; me habló de su gata que cree ser un perro, y me explicó por qué le agradaba tanto presentarse plantándoles dos besos en las mejillas a las bellas chicas de prensa del Festival de Málaga: ”Es que con Franco no se podía hacer. Fíjate que las parejas se iban todas las tardes a las estaciones de tren para abrazarse y besarse. Si lo hacían en la calle, los policías les separaban pero, en las estaciones, como creían que estaban despidiéndose para mucho tiempo…”.

Entonces, con casi 75 años, ya decía estar “en esa edad en la que se vive más de la nostalgia que de la esperanza”. Pero no tenía motivos para disfrutar ni de lo primero (”Me produce repugnancia”) ni de lo segundo (”Cuando desayuno me siento en el mejor de los mundos. Lo malo empieza cuando leo el periódico”). Era un hombre, como sus películas, consciente de las torceduras de la existencia, llámense burocracia, injusticia, estupidez, servilismo, pero que no sucumbía al panfleto, ni siquiera a la denuncia (¿quién usa las palabras ‘comprometido’ o ’social’ al referirse a su cine?); prefería, como pequeña venganza más efectiva, revelar los ridículos de tales cuestiones, basculando entre la sorna y, directamente (’El verdugo’), la angustia existencial en minúsculas. Le doy las gracias.

Published in:Artículos en La Opinión de Málaga |on Marzo 28th, 2008 |

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