EL ‘INRI’ DE NATASHA KAMPUSCH
Ya lo escribí una vez aquí (no sé si es más lamentable autocitarse o repetirse): dejamos de sentir cierta simpatía por los que consideramos ‘víctimas’ cuando éstos abandonan el rol de objetos pasivos de un sufrimiento injusto y se convierten en agentes activos de su propia vida tras un proceso de autoafirmación sensacional o sensacionalista. En febrero, Natasha Kampusch, la joven austriaca secuestrada durante ocho años, tendrá su propio talk show en un canal privado. Para ilustrar la noticia, mi televisor repite machaconamente, con recochineo evidente, unas imágenes de la señorita con el noviete que se ha echado de fin de semana paneuropeo. Realmente creo que si Ana Frank hubiera sobrevivido nos habría dado rabia.
“Ésta es una foto de mí y de cómo me gustaría verme todo el tiempo. Así quizás tendría todavía una oportunidad de ir a Hollywood”. No lo escribió la Kampusch, no, sino la hoy casi beatificada Frank en uno de sus diarios. Que hoy no sobrevolemos su figura y trayectoria con la maléfica sospecha con la que abordamos las de víctimas actuales puede ser por: o la actual ironización de nuestra sociedad, que ha convertido la buena fe en síntoma casi de falta de inteligencia, o la exigencia de sufrir que les imponemos a las personas torturadas de una u otra forma. Algo de las dos hipótesis habrá, supongo, pero me decanto por la segunda.
En uno de los últimos episodios de la magnífica serie ‘Carnivale’, un joven mesías prepara el sacrificio de su propia vida para salvar a una mujer; al oír aquellos planes kamikazes, su propio Pepito Grillo le dice: “Cuando le dijeron a Cristo que bajara de la cruz, debería haberlo hecho y haberles escupido en los ojos… Porque cuando se trata de la vida la muerte es la parte fácil”. En situaciones negras y tormentosas sólo el sufrimiento trae la legitimación: si eres soldado y vuelves de una guerra con rasguños, reconocimiento moderado; si vuelves con un miembro de menos, condecoración; si te toca el ‘game over’, medalla inmediata y funeral de estado. Para mí, el sentido de la vida es vivirla, así que me alegra que Natasha Kampusch busque euros y felicidad aprovechando los medios a su alcance. Ni me acercaré a un metro a su talk show, pero es agradable ver cómo alguien baja de la cruz que no pidió.

