TITÁNICAS
Con la muerte de la nonagenaria Barbara Dainton ya sólo queda coleando una superviviente del Titanic, Millvina Dean. No hay apenas fotos de la señora fallecida ni tampoco demasiada información sobre su existencia post-naufragio (entonces sólo tenía 10 meses); en todos los obituarios en prensa se resalta su alergia por los historiadores y fans del barco ‘on the rocks’ (los hay: www.encyclopedia-titanica.org), y la verdad es que la entiendo: ‘googleen’ su nombre y una de las primeras referencias que encontrarán es la de un tal Darren subastando privadamente un póster del Titanic firmado por uno de los que salió de una pieza del desastre: “¿Hay todavía supervivientes vivos? ¿Valdrá mucho dinero ese póster?”.
Supongo que la señora Dainton sí sacó una lección de la deriva estruendosa de aquel viaje que marcó su vida: las bondades de desaparecer sigilosamente. De hecho, dejó dicho a sus allegados que sólo informaran de su muerte después de que se hubiera celebrado el funeral, en la Catedral de Truro. Resulta curioso: el padre de la superviviente, que murió ahogado, tiene una lápida en el mismo templo, donde pasó su infancia como miembro del coro y en el que su hija, a la postre huérfana, terminó ganándose sus libras como guía de visitas. Esa parece que irrefrenable confluencia de destinos me hace pensar que aquella mujer, aunque niña, sí hizo absolutamente suya una de las canciones del repertorio que la orquesta del Titanic tocó hasta que el agua oxidó sus instrumentos: ‘Somewhere a voice is calling’ (’En algún lugar una voz llama’).
Ahora, Millvina Dean, que se ganó el sobrenombre de ‘el bebé del Titanic’ (tenía pocas semanas cuando se produjo la tragedia) es oficialmente la última de la lista. Al contrario que Barbara, ella siempre ha ido a convenciones de los interesados y debe de haberles firmado hasta sus cachetes; eso sí, una vez se posicionó el contra del mercado negro de artículos de la nave: “Es algo terriblemente equivocado”. O sea, que es una especie de ‘estrella mediática’ que ha viajado por medio mundo contando la verdad no sé qué, porque de mucho no se debe de acordar. “Lo he disfrutado muchísimo. En casa, en mi ciudad, no hay mucho alboroto en torno a mi persona, pero la que se lía cuando voy a otros países…”, dijo una vez. Así que me imagino que cuando fallezca (tras su último suspiro, ¿los del Titanic van al cielo o al mar?) Millvina, recibida por el resto de fallecidos durante o después del naufragio con pancartas como “¡Todos juntos al fin!”, sólo alcanzará a sentirse una más entre los caídos.
